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LLANERA

SOCIEDAD

Casa Rosa cumple 150 años y son cinco generaciones detrás del mostrador

Viernes 21 de Agosto del 2026 a las 10:09



En Casa Rosa los clientes no son únicamente clientes. Son vecinos, conocidos y, después de tantos años, muchos de ellos amigos. El establecimiento más antiguo de Posada de Llanera mantiene abiertas sus puertas desde 1876 y alcanza ya los 150 años de historia convertido en testigo privilegiado de la transformación del concejo. Cinco generaciones de una misma familia han estado al frente de un negocio en el que se ha vendido prácticamente de todo y cuya capacidad para adaptarse a cada época explica buena parte de su longevidad.

Al frente se encuentra hoy Juan Luis Tamargo Rodríguez, quinta generación de una saga familiar que comenzó con Rosalía Ablanedo Pérez. La tienda continúa asentada en la avenida Prudencio González, en el centro de Posada, en el mismo entorno en el que echó raíces un negocio que acabaría formando parte de la memoria colectiva de Llanera.

“Aquí los clientes son amigos y lo más importante los empleados que han estado con nosotros, a lo largo de estos 150 años, sin ellos tampoco hubiera sido posible este hito histórico”, resume Tamargo.

La historia comienza en 1876. Rosalía Ablanedo, natural de Fanes, puso en marcha una tienda mixta en una época en la que estos establecimientos constituían una pieza fundamental de la vida de los pueblos. En sus primeros años tenía especial importancia el género textil, cuando buena parte de la ropa y el calzado todavía se confeccionaban en las propias casas.

Rosalía, conocida popularmente como Doña Rosa, quedó viuda siendo aún joven y tuvo que asumir la responsabilidad del negocio y de su familia. Su figura acabaría trascendiendo el ámbito comercial. Mujer de profundas convicciones religiosas y muy conocida entre sus vecinos, llegó incluso a presentarse a unas elecciones locales.

Casa Rosa fue creciendo al mismo ritmo que lo hacía la localidad. Por sus estanterías pasaron textiles, alimentos, bebidas, herramientas, muebles, cristal, tabaco y, con el tiempo, maquinaria agrícola. También contó con surtidor de combustible, en los primeros tiempos del automóvil, cuando disponer de gasolina en una localidad asturiana distaba mucho de ser algo habitual.

Uno de los episodios más difíciles de la historia familiar llegó con la Guerra Civil. Rosalía fue detenida y trasladada a Gijón. Para entonces llevaba décadas atendiendo a los vecinos y fueron precisamente algunos de ellos quienes salieron en su defensa.

Los trabajadores conocían bien el comportamiento de la comerciante durante los tiempos difíciles: cuando una familia carecía de dinero, Rosalía permitía llevar alimentos fiados. Cuando pudo regresar a Posada encontró el establecimiento saqueado. Las estanterías estaban vacías y tampoco quedaba combustible. Después de toda una vida dedicada al comercio, aquella situación la llevó a pedir ayuda a sus hijos para reconstruir el negocio.

La siguiente etapa quedó ligada a su hija, Pacita Menéndez González, que asumió las riendas de Casa Rosa. Había recibido una educación poco habitual para muchas mujeres de su generación: se había criado con unos tíos, estudiado en un colegio francés y vivido durante una etapa en Oviedo. Junto a su marido, Manuel Tamargo, protagonizó desde mediados de los años cuarenta una importante expansión. Casa Rosa incorporó nuevas actividades y productos: maquinaria agrícola, ferretería, cristal, estanco, un pequeño bar y un depósito de cerveza El Águila Negra.

El establecimiento era también punto de paso obligado para los vecinos de los pueblos próximos. Hasta allí llegaban las lecheras de la zona y los animales utilizados para el transporte de mercancías. Según el relato transmitido en la familia, algunos caballos y burros estaban tan acostumbrados al recorrido que se detenían frente al establecimiento casi de manera automática.

El surtidor constituye otro capítulo singular de la historia de Casa Rosa. La familia recuerda que la concesión se remontaba a los tiempos de Alfonso XIII. Décadas después, el establecimiento perdió la gasolinera en un contexto en el que este tipo de concesiones se reservaban preferentemente a colectivos como excombatientes, mutilados de guerra, integrantes de la División Azul o viudas.

Por aquel surtidor pasó también Francisco Franco durante desplazamientos por Asturias relacionados con sus visitas al entorno de la familia Polo en San Cucao.  La relación de la familia con el negocio de los combustibles no desaparecería definitivamente. En 2017, los Tamargo recuperaron esta actividad, pero en la actualidad ya no la conserva.

El gran cambio hacia la Casa Rosa contemporánea llegó con José Manuel Tamargo Menéndez, padre del actual propietario. Fallecido en 2019 a los 89 años, dejó una profunda huella tanto en la empresa familiar como en Llanera. En 1963 tomó una decisión que marcó un antes y un después: derribar el antiguo inmueble y levantar el edificio actual. Pero la transformación no fue únicamente arquitectónica. José Manuel había comprendido que la forma de comprar estaba cambiando y apostó por introducir el concepto de supermercado. La idea no convenció inicialmente a la generación anterior.

Casa Rosa continuó modernizándose. La ferretería ganó peso y, en 1982, desapareció definitivamente una de las imágenes más características del comercio tradicional: los dependientes dejaron de servir todos los artículos desde detrás del mostrador y se instalaron lineales para que el público pudiera acceder directamente a los productos.

El auge de la maquinaria agrícola impulsó todavía más la especialización. Motosierras, desbrozadoras y nuevas herramientas mecanizadas fueron sustituyendo progresivamente a otras secciones históricas. Durante los años ochenta se abandonaron actividades como la venta de muebles o la distribución de bebidas para concentrar recursos en la ferretería. La familia participó además en el movimiento cooperativo del sector a través de Cofedas, actualmente integrada en la cooperativa de ferretería Ymás.

Juan Luis Tamargo se incorporó al negocio familiar en los años ochenta y trabajó junto a su padre hasta la jubilación de este, en 1998. Para entonces Casa Rosa afrontaba otra transformación del comercio: la expansión de las grandes cadenas de supermercados.

La familia decidió abandonar definitivamente la alimentación durante los años noventa y concentrarse en la ferretería. El estanco, otra de las actividades históricas del establecimiento, permaneció abierto hasta 2021.

El Tapín

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