Se atribuye al filósofo George Steiner la famosa cita “Aquello que no se nombra no existe”, y esta es la realidad de la que se parte en un acercamiento al lenguaje inclusivo.
Las personas solemos comunicarnos a través de las palabras. Las dotamos de significado y lo ponemos en común para poder entendernos. Inventamos palabras para nombrar cosas nuevas o definir conceptos.
Pero no hay manera más eficaz de ocultar, invisibilizar e incluso negar la existencia de algo o alguien que no nombrando a ese o esa “alguien”.
El lenguaje inclusivo es mucho más que reconocer la riqueza del idioma con términos y conceptos neutros que “incluyan” a todas las personas, diferenciando y visibilizando los géneros cuando sea necesario o pertinente. Además de todo lo anterior, el lenguaje y la comunicación abarcan no solo lo verbal, sino también lo visual. Cuando comunicamos, ya sea a través de palabras, gestos o imágenes, transmitimos nuestra manera de ver y entender el mundo.
Reivindicar la presencia de las mujeres en el lenguaje es una cuestión de Derechos Humanos con mayúscula, pues al no ser nombradas se desposee a las mujeres de sus referentes femeninas y se niega de alguna manera la participación de las mujeres en la sociedad.
No requiere ningún tipo de ideología radical, sino el respeto hacia todos los tipos de personas, sea cual sea su género o identidad. Se trata de no eliminar a la mitad de la humanidad en las palabras leídas, escritas, dichas, para no contribuir a su eliminación en el pensamiento y en el imaginario colectivo.
El llamar a las cosas y a las personas por su nombre, no conlleva resultados negativos, y no me vengan con la economía del lenguaje porque toda la vida se dijo “Señoras y señores” cuando se comenzaba un discurso, se daba la bienvenida o se quería vender algo en un mercado, y a nadie le parecía mal. Desdoblar no es la única ni la mejor manera, pero hay cientos de ellas.
Vamos un poco más allá, a ver cuáles son las razones por las que el femenino tiene que sobreentenderse dentro de lo masculino siempre.
El Congreso de los Diputados recibió ese nombre en 1837 por primera vez, cuando la primera diputada mujer no pudo serlo hasta 1931, casi un siglo después. Pues es lógico que se llamase Congreso de los Diputados, ya que ni había diputadas ni se imaginaba la gente que llegaría a haberlas. Lo que no es lógico es que se siga llamando así ahora, y no es necesario llamarlo “Congreso de las diputadas y los diputados” para que sea inclusivo su nombre, es tan fácil como llamarlo “Congreso”, el resto se sobreentiende.
Que se siga hablando de una mujer como médico o abogado viene a responder a la misma razón, son profesiones tradicionalmente ocupadas por hombres. Y ¿por qué lo son?, porque hasta 1868 no pudimos acceder a la Universidad, lo teníamos prohibido. Así que hoy, se dan circunstancias tan graciosas como que una mujer se presenta en una charla diciendo “Soy médico y madre” lo cual, señoras y señores, es biológicamente imposible. Hace poco presencié una conversación en una farmacia en la que la farmacéutica le decía a una mujer “es que estar embarazado no es estar enfermo”. Yo, que no pude contenerme, dije “lo que es, es imposible”. Y me miraron raro…
Otra de las oposiciones al uso del lenguaje inclusivo es la Academia de la lengua. Alguien dijo “El diccionario no refleja la realidad, refleja el poder del que hace el diccionario” y eso es tan cierto como que después de fundarse la RAE en 1713, la primera mujer que entró a formar parte de tal institución fue Carmen Conde, 266 años después. En 2020, hace tan solo cuatro años, las mujeres académicas eran 7, frente a 37 hombres. Si son hombres los que dicen lo que se puede o no decir, no van a pensar igual que las mujeres.
Hace poco, en una comisión del Congreso, un diputado se dirigía a la presidenta de la comisión como “Señora presidente”, probablemente lo haría sosteniendo que no existe la palabra presidenta o que la academia niega que exista, lo que está claro es que es un error gramatical la falta de concordancia de género entre señora (femenino) y presidente (masculino). Creo que esto es ya de primero de primaria. Y sí, la palabra presidenta existe reconocida por la RAE como persona que preside, aunque en su origen, como el de alcaldesa, diputada, etc., su significado era mujer del presidente, como mujer del alcalde, del diputado, etc. Porque no había mujeres que representaran esos cargos.
Y ahora vamos a abrir el melón de la e, que es un melón, no `por su uso sino por su significado. Cualquier persona que se ponga a la salida de un Instituto de secundaria un día cualquiera a ver salir a la chavalería se dará cuenta de que hay una parte, no tan pequeña, de personas que así, a priori, no sabría catalogar como mujeres o hombres. Son personas que consideran que no encajan en nuestro sistema binario de hombre y mujer, no se sienten identificadas con ninguno de esos apelativos. Este es un tema más complejo que abordaré en otro momento pero, en cuanto al lenguaje, que es el tema de hoy, merecen ser llamades como consideren y si la e les representa, no supone ningún problema usarla. Con eso no se está negando derechos a nadie sino reconociendo los de alguien.
Y esa es, ni más ni menos, la función del lenguaje.


